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PorfirioRev2009LEOPOLDO SILBERMAN

En el Cementerio de Montparnasse, en París, está sepultado don Porfirio Díaz, muerto en 1915. Lejos del suelo que le vio nacer, el ex mandatario descansa entre otras figuras ilustres como Honoré de Balzac, Julio Cortázar, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire o Simone de Beauvoir. Sigue, a pesar de los años, en el purgatorio de nuestros héroes, sin reconocérsele merito alguno, o al menos no aquellos que le llevaron a la cima de su carrera militar y política. Aquel que osara regresar sus restos encontraría, quizá, una fuerte crítica por parte de todos aquellos que, como consecuencia del triunfo de la Revolución Mexicana, hallan en la figura de Díaz el origen de todos los males que aquejaban y aquejan a nuestra nación. Mismo fue el caso de Iturbide o Santa Anna en su momento.

Con motivo de la conmemoración del aniversario número 147 de la batalla de Puebla en la que las armas mexicanas se cubrieron de gloria, deberíamos aprovechar para recordar a personajes como Díaz, quien no siempre fue el anciano tapizado de medallas de las imágenes más recurrentes y que alguna vez arriesgó su pellejo, como otros muchos patriotas, por defender al país, por expulsar al invasor que profanó con su planta el suelo mexicano. Ninguna estatua se erigió en su honor, aunque él se dedicó a levantar monumentos a los hombres de la Reforma y la Independencia. El mismo Juárez, de quien aprendiera tanto y con quien hubo tenido un enfrentamiento hacia 1871, recibió su Hemiciclo. Pero no levantó nada para sí. Sólo quedó en proyecto.

Porfirio Díaz Mori nace en Oaxaca en 1830. De cuna humilde, trabaja desde pequeño para ayudar a su madre en la manutención del hogar tras la muerte de su padre, José de la Cruz. Es un joven vivaz que aprende varios oficios, aunque pronto ingresa a las filas del Seminario de su ciudad natal. Ahí recibe la noticia de que el ejército norteamericano ha invadido nuestro país. Porfirio no duda en alistarse para servir en las Guardias Nacionales, aunque no es llamado a combatir. Seducido por las ideas liberales profesadas por el abogado Marcos Pérez, renuncia a ser seminarista para inscribirse en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. Quiere ser abogado.

Ahí conocerá a otro hombre que habrá de influir mucho en su formación: Benito Juárez García, ex gobernador del estado y catedrático del Instituto. Los ires y venires de los años siguientes le llevan a apoyar al Plan de Ayutla que buscaba la renuncia de Antonio López de Santa Anna. Al triunfo de los revolucionarios, adquiere su primer puesto público: subprefecto de Ixtlán. Pero sus inquietudes van más allá de lo meramente administrativo y, tras el estallido de la guerra de Reforma, Díaz se une al bando liberal y comienza una trepidante carrera militar, que le ha de llevar a alcanzar el grado de general de brigada en 1861. La lucha llegó a su fin y Porfirio es, por breve tiempo, diputado; no obstante, la noticia de la llegada de la Alianza Tripartita (integrada por Inglaterra, Francia y España) a las costas de Veracruz le hace regresar al ejército, donde encontraba su razón de ser.

Rotas las negociaciones entre mexicanos y franceses, combate a los invasores en las Cumbres de Acultzingo. Es la primera acción de armas de una guerra que habría de durar cinco años. A su lado está su hermano Félix (ex cadete del Colegio Militar), quien habiendo militado en las filas conservadoras, se une a la defensa de la patria. El 5 de mayo de 1862 participa en la batalla de Puebla, bajo el mando de Ignacio Zaragoza. Un año más tarde, caerá junto a la angelópolis tras el terrible sitio que impuso el ejército de Napoleón III. Cae prisionero, escapa. Organiza una guerrilla. Vuelve a caer preso. Se evade una vez más. Hacia 1865 su estrella comienza el ascenso al punto más alto: triunfa en numerosas batallas, destacándose Miahuatlán, La Carbonera y Oaxaca. El 2 de abril de 1867 derrota a Leonardo Márquez en Puebla. Es un héroe, dicen. El tiro de gracia al Imperio lo da Porfirio al tomar el último baluarte de Maximiliano: México. Tras esta acción, y con el triunfo final de Juárez y sus liberales republicanos, Porfirio Díaz ocupa un lugar central en la vida nacional. Muchos se preguntan: ¿y si él gobernara?

Nunca quise, en realidad, hablar de la ropa interior de Porfirio Díaz. Sólo quería acaparar tu atención, lector, para que conocieras un poco más de un mexicano del que has oído hablar en incontables ocasiones, aunque suela darse un lugar más importante a su gobierno, su ambición o sus firmes y polémicas decisiones políticas. Yo no lo juzgo ni lo defiendo; mi único deseo es que tú, lector, lo conozcas un poco más. Esa es la Historia.

Artículo publicado originalmente en la revista CECC COMUNICA, México, CECC, no.55, mayo 2009

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