POR RODRIGO VEGA Y ORTEGA BÁEZ

Pocos son los que saben que la especia conocida popularmente en México como orégano (Origanum vulgare) es de origen mediterráneo, y por ende, traído a tierras americanas como parte de la tradición culinaria de los conquistadores españoles.

De toda la planta, lo que conocemos como orégano son las hojas, tanto secas como frescas, cuya peculiaridad son sus concentrados aroma y sabor. Esta hierba, generalmente deshidratada y molida con la que condimentamos varios guisados, es un arbusto achaparrado que mide aproximadamente 50 cm de alto y que en primavera le surgen pequeñas flores de color blanco o rosa.

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El uso de esta planta en México es remoto, por ejemplo, Mariano Galván, autor del conocido Diccionario de cocina, o el nuevo cocinero mexicano (1845), dedicó una página a su descripción botánica y a sus usos más comunes. El primer uso, de tipo culinario, es para preservar embutidos y sazonar los alimentos, “ora sea echando las ramitas frescas en los guisados, enteras o molidas, ora secas y pulverizadas”, como en el tradicional pozole.

Este guisado que consideramos tan mexicano es un buen representante de la cultura mestiza que vivimos día a día. Los ingredientes que lo componen provienen de las diversas culturas que entraron en contacto en la Nueva España. Originarios del mundo prehispánico están el maíz cacahuazintle, la cal, el aguacate y el chile. Provenientes de Europa se tomaron el cerdo, el pollo, la cebolla, los rábanos, la lechuga, el ajo y el orégano. Pero no solamente en México el Origanum vulgare forma parte de los recetarios de cocina, pues se le encuentra en las conocidas pizzas de Italia, los asados del norte argentino y las cocinas de España, Líbano, Grecia y el sur de Francia.

El segundo beneficio que menciona don Mariano es de tipo terapéutico, ya que también solía prepararse “hervido en agua a la manera de té para quitar los dolores digestivos o los ventosos”. Actualmente, esta especia es reputada por sus cualidades médicas, además de las digestivas, como antimicrobiano, antitumoral y antiséptico; expectorante en los casos de bronquitis y asma; diurético al eliminar toxinas del organismo; paliativo contra la anemia y utilidad tópica contra los dolores reumáticos y articulares. De esta manera, Galván, como las amas de casa de la época, percibieron la estrecha relación entre los usos médicos y los culinarios de varias especias, como la canela, el tomillo, el jengibre, el orégano, entre otras.

Frances Erskine Inglis, mejor conocida como la Marquesa Calderón de la Barca, vivió en México entre finales de 1839 y principios de 1842. Durante su estancia convivió con distintas personalidades de la sociedad capitalina. En las distintas reuniones a las que asistió se dio cuenta de que las casas mexicanas contaban con un jardín o huerto trasero en el que se cultivaban, tanto plantas de ornato como hierbas medicinales y culinarias utilizadas en el día a días de los dueños. En el jardín no era extraño encontrar rosas junto a plantas de vainilla, romero u orégano. Resulta fácil imaginar al ama de casa recogiendo del huerto, en un plato, las hojas del arbusto del orégano para luego dejarlas al sol durante un par de días hasta que pudieran fragmentarse con las manos. El resultado era guardado en un gran frasco y alojado en la alacena de la casa para utilizarse posteriormente en guisos e infusiones.

Hoy día, poca es la gente que cultiva sus especias en casa, siendo lo común conseguirlas en los mercados. Nuestro país es un importante productor de orégano para el consumo nacional e internacional. Las zonas productoras se encuentran en el clima semiáridos de estados como Chihuahua, Durango, Guanajuato, Coahuila, Baja California Sur, Oaxaca, Querétaro, Jalisco, San Luis Potosí, Zacatecas y Tamaulipas.

 

 

 

 

 

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Cuando Felicia, interpretada por la argentina Marga López, busca que su padre apruebe su relación con un joven idealista en los últimos momentos del gobierno de Porfirio Díaz, no sabía la cantidad de vicisitudes por las que tendría que pasar para realizar un amor que, a todas luces, parece imposible. La razón: Carlos, el joven al que hacemos referencia, interpretado por el recientemente fallecido Eduardo Noriega, es socialista. El padre de la chica, Fernando Soler, parece en un inicio aprobar la relación pese a la ideología del joven, quien le argumenta los beneficios que podrían traer a la nación sus tendencias políticas. Sin embargo, al fijar una fecha para la boda, Carlos se niega a contraer nupcias por el rito católico.

Esta cinta, filmada en 1950 por Julián Soler, retrata una vez más los problemas que se dan dentro de una familia de la época cuando las ideologías entran en juego. Basada en la película argentina Así es la vida (1939), este melodrama recorre la historia de nuestro país dando continuas referencias a aquello que acontecía en la vida pública (desde la caída de Díaz hasta la actuación del escuadrón 201 en el Pacífico) mientras se desarrolla la trama al interior del hogar.
En palabras de Emilio García Riera, “el surgimiento de una nueva clase media mexicana impuso en el país hábitos copiados en gran medida del modo de vida norteamericano. Esto motivó las aprensiones conservadoras del cine nacional”, mismas que vemos representadas continuamente en casi todos los personajes de la cinta. La madre abnegada, el padre autoritario, el tío oportunista y los apegados amigos español y libanés, recuerdan con melancolía los años que se fueron, el tiempo porfiriano, confrontándolo con su presente cada vez más difícil en una sociedad que cambia para mal, que vira hacia el libertinaje. Cuando la nieta, Silvia Pinal, llega casi al final de la cinta tras haberse escapado con su novio, es reprendida por el abuelo Soler. Felicia, la víctima del conservadurismo familiar, la alienta abiertamente a seguir sus instintos, a obedecer a su corazón y no a la tradición vetusta que entorpece y aniquila. La jugada del director es arriesgada: si se anhela tanto el pasado y se lamentan los peligros de la modernidad, ¿por qué Felicia confronta a todos con tal de que su historia no se repita en su sobrina? La respuesta es sencilla: debía conservarse la unión familiar pero tomando las cosas buenas del moderno México posrevolucionario, donde el ser socialista sería, ciertamente, menos desprestigiante que el ser porfirista.

BIBLIOGRAFÍA: Emilio García Riera. Breve historia del cine mexicano. Primer siglo, 1897-1997. México, IMCINE,1998, p. 157

POR CECILIA ALFARO GÓMEZ

Muchas mujeres somos consumidoras de cosas inservibles. Lo confieso, yo tengo cientos de pares de zapatos y bolsos… La pregunta sería ¿antes también se coleccionaban esta clase de objetos? Como todos sabemos, en el principio de los tiempos los hombres iban desnudos por la vida: cubrir sus partes pudendas se convirtió en una necesidad a causa de la gran cantidad de insectos a los que les gustaba resguardarse en esas zonas; de este modo fue que se inventaron una serie de prendas que debían ser útiles a los seres que habitaban la tierra. Dos de ellas, el zapato y el bolso, fueron modificando su uso práctico para convertirse en artículos de adorno personal.
El gusto por los zapatos empezó con la llegada de los españoles a nuestras tierras; aunque los nahuas usaban los llamados cactlis —sandalias con suelas hechas de fibra de agave— los peninsulares trajeron consigo los zapatos cerrados de cuero con lazos de tela y los pequeños bolsos de chinitas (chaquira filipina) que combinaban muy bien con aquellos suntuosos vestidos de las novohispanas. Así fue como estos accesorios se hicieron parte indispensable de los roperos en aquellas centurias.

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Fue el siglo XIX el que revolucionó la confección de todo tipo de accesorios y aunque gran cantidad de ellos se importaban de Europa y Estados Unidos, también existían las curiosas que fabricaban sus propios bolsos. Junto con los zapatos, las carteras de mano debían ir acompañadas de abanicos, parasoles, guantes, sombreros, joyería —como broches, anillos, collares y aretes—, adornos para el cabello y capas que hacían, junto con el vestido, un hermoso conjunto visual que hoy podemos seguir apreciando en los museos. La publicidad, madre de todos los vicios, llamaba a las señoras y señoritas a consumir estos productos en almacenes de prestigio como Al Puerto de Liverpool o El Palacio de Hierro.
Como parte de su guardarropa, la mujer decimonónica conoció las —hasta hoy en día— tan afamadas botas, que complementaban sus entallados vestidos porfirianos. Y aunque fue un suplicio calzarse esos botines, pues una señorita decente debía tener los pies pequeños, seguir los lineamientos de la moda era más importante que una simple deformación ósea. Sin embargo, el siglo XX llegó pleno de innovaciones que permitieron descansar los pies de las pobres mujeres. Inventos tales como los zapatos anatómicos y los tenis hacen descansar las columnas de aquellas que gustan ir por las calles montadas en tacones de 15 cm.
Nunca es tarde para evitar comprar toda esa cantidad de pares que vemos en las tiendas departamentales, pero… recuerden que en esta primavera predominan las alpargatas de telas tornasoladas y las zapatillas escotadas que dejan ver nuestros delicados pies, ¿en verdad valdrá la pena tener un par de esas en nuestros armarios?

Sugerencia de lectura:
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. México, Clío, 2001, 6 tomos.

Artículo publicado originalmente en la revista Ritos y Retos del Centro Histórico, México, año VII, núm. 33, mayo-junio 2006 http://ritosyretos.com.mx/